Una Bucanero, por favor

Pasé dos semanas hacer una vuelta en bicicleta a Cuba el invierno pasado y el viaje casi se acabó antes de empezar. Nunca había viajado yo a Cuba anteriormente y descubrí muy pronto que la vida allá pasa en maneras distintas, a veces raras, otras veces exasperantes y, a menudo, graciosas.

Lo que pasó fue que registré una maleta con la aerolínea Air Canada durante una escala en Toronto y la perdieron. Me di cuenta de que algo raro estaba pasando mientras estaba de pie junto a la cinta transportadora de equipaje en el aeropuerto de La Habana. Eran las diez y media de la noche y había muy poca gente en las colas de los baños, del control de pasaportes o de la aduana, pero la entrega de las maletas de nuestro avión a la cinta transportadora parecía durar una eternidad. Cuando las maletas por fin empezaron a llegar fue a una velocidad extremadamente lenta, como si estuvieran trayéndolas del avión una maleta a la vez. Por fin, a eso de la medianoche, cuando era el único que esperaba, entendí que la maleta con casi toda mi ropa no estaba en Cuba.

Fui a la oficina de equipaje perdido y presenté un informe. La muchacha allá era muy amable y me dio un número de expediente y dos números de teléfono para chequear el paradero de la maleta al día siguiente. No había otro remedio sino ir al hotel y esperar hasta la mañana siguiente.

Ustedes quien ya han viajado a Cuba saben que el sistema de internet es muy frustrante. Primero se tiene que comprar una tarjeta de internet que tiene números de acceso. Acto seguido, hay que encontrar un lugar donde hay internet. Si se ve a un grupo de gente que está usando sus teléfonos en la calle fuera de un hotel o restaurante, probablemente sea una empresa con internet.

Afortunadamente, la mañana siguiente, el viernes, yo no tuve que vagar por las calles buscando tal grupo porque el hotel en el que estaba alojándome durante los primeros tres noches en Cuba tenía una conexión a internet, pero solamente en el patio del primer piso y era una conexión débil y de poca confianza.

Compré una tarjeta y, usando mi iPhone, puse en Settings de Wifi los dos números de diez dígitos varias veces antes de tener éxito en hacer una conexión, pero logré ver en el sitio de Air Canada que mi equipaje estaba en Toronto y iba a ser entregado a mi hotel esa tarde. Me sentí muy aliviado y salí del hotel para pasar el día explorando La Habana Vieja. Hice un paseo por las plazas, fui a varios museos interesantes, tomé unas cervezas y me aproveché de las oportunidades para practicar el español.

Por desgracia, cuando regresé al hotel, todavía no había llegado mi equipaje.

Pedí a la conserje que me ayudara a contactar el aeropuerto porque no tenía bastante confianza en mi habilidad de hablar español por teléfono y me ayudó en una manera muy amable pero no había ninguna contestación cuando llamó a los números que me proporcionó la oficina de equipaje perdido. ¡Qué puta madre!

Busqué otra vez en línea y descubrí que la maleta todavía estaba en Toronto y que iba llegar a Cuba el día siguiente, el sábado. Sin ninguna esperanza que eso iba a ocurrir de verdad, pasé casi esa noche entera sin pegar un ojo y en la madrugada me decidí que usaría el número de teléfono de Danny, el guía de nuestro tour, después de desayunar, una decisión que salvaría mi viaje.

Danny es de Canadá pero inició su empresa de turismo cubano (Wowcuba) a principios de los noventa y por lo tanto sabe los secretos de lidiar con la burocracia cubana. Además, habla el español como Pedro por su casa, conoce a todo el mundo y tiene una fuente sin fin de optimismo y bondad. Era mi ángel cubano.

Quedamos que me recogería al hotel a las 2 de la tarde. Mientras estábamos en camino al aeropuerto, me explicó Danny que en Cuba las aerolíneas nunca llevan las maletas perdidas a los hoteles y que yo hubiera esperado para siempre para recibir la mía. No sabía lo que sucedería en el aeropuerto pero me aseguró -No te preocupes, Chris. Si tu maleta no está allá, voy a prestarte todo lo que necesites.- Una posibilidad que yo no quería explorar porque uso ropa de tamaño L y Danny acerca de LLL.

Cuando llegamos al departamento de equipaje ya había un grupo de mucha gente, entre 20 y 30 personas, todos tranquilos pero con aspectos deprimidos. Danny habló con un funcionario del aeropuerto y se enteró que el sistema de computadoras no estaba funcionando y que nadie recogería su equipaje. Tuvimos que esperar. Después de 2 horas otro funcionario le explicó al grupo que el sistema sí estaba funcionando pero que las dos personas que nos ayudarían estaban almorzando. Por eso tuvimos que esperar una hora más.

Por fin alguien salió de la oficina para ayudarnos. El hombre estaba de pie con toda la gente, incluyéndome, a su alrededor con papeles en nuestras manos, tratando de conseguir su atención. Sentí un golpecito en el hombro, me giré, y vi a Danny que estaba ofreciéndome una fría de marca Bucanero para dársela al funcionario. No estaba seguro yo si Danny actuaba en serio o no. No quería ofrecer un “soborno” al funcionario de gobierno en Cuba pero Danny seguía insistiendo. Poniendo mi fe en él, alargué la cerveza en frente del empleado de la aerolínea. El hombre miró a la cerveza, me miró y cambió inmediatamente de un funcionario en un trabajo sin gracia a un hombre con una fría en la mano y una sonrisa brillante en la cara. Acto seguido, le di la cerveza a un compañero de trabajo y me indicó que debería seguirlo a las entrañas del aeropuerto donde vi algo buenísimo, mi maleta. Entonces mi nuevo amigo no permitió que la llevara yo para nada. Insistió en llevarla él mismo hasta el aparcamiento donde nos despedimos como hermanos. Danny puso la maleta en el maletero y me dijo -Has recibido tu primera lección en lidiar con la gente de acá, Chris. Nunca dudes del poder de un poco de respeto y una Bucanero fría.-

Gracias a Danny, hice el viaje en Cuba con mi propia ropa.

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Danny con gallo en un restaurante de Sancti Spiritus.

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