El carrito fuera de control

Esta mañana estaba de pie en frente del espejo del baño, afeitándome, cuando recordé algo que pasó hace unos años.

Me había jubilado de mi puesto como maestro y estaba trabajando en un campo de golf, principalmente para jugar al golf sin pagar. Normalmente era mi responsabilidad traer los carritos del garaje a la casa del club, colocar a los jugadores para empezar en el primer tee, y ayudarlos si ocurría algún problema. Mis responsabilidades estaban separadas de las de los trabajadores quienes mantenían el propio campo.

Una vez el gerente me pidió que moviera la esterilla de arrastre desde el green de práctica al granero de mantenimiento. Si nunca se ha trabajado en un campo de golf es probable que no se tenga ninguna idea de qué es una esterilla de arrastre y yo solamente había visto a los trabajadores jalándolas detrás de los carritos para esparcir arena encima de los greens unas pocas veces. Yo no sabía qué tan pesadas y abultadas eran hasta que tuve que moverla.

Las esterillas miden más o menos cuatro por seis pies y pesan aproximadamente ochenta libras. Trataba de enrollarla y ponerla en la parte trasera del carrito donde se ponen los palos de golf. Hay una correa allí, igual que un cinturón de seguridad, y pensé que podía usarla para mantener la alfombra en su lugar. Pero, a causa de que la alfombra estaba comportándose como un contorsionista borracho, no tuve ningún éxito. Se derrumbaba una y otra vez. Después de varios intentos tuve la idea brillante de empujar la alfombra por encima del asiento y permitirle estar en el lado del pasajero. Con el carrito aparcado al lado del green de práctica, levanté la esterilla y dejé que se cayo en su lugar. Pero, en vez de caerse en el asiento del pasajero, todo el peso se cayo en el acelerador. El freno se soltó y el carrito se puso en marcha. Estuve tan atónito que por un momento no podía actuar. A continuación, empecé a perseguirlo tan rápido como era posible, pero muy pronto me di cuenta que no iba a atraparlo y me detuve y miré como el cochecito iba cuesta arriba y cuesta abajo, a toda prisa, alrededor del green antes de sumergirse en un estanque detrás del green, todavía con las ruedas girando.

Afortunadamente no había mucha gente en el campo en ese momento y solamente un amigo en las casa del club vio lo que había pasado. Él vino de la oficina riéndose a carcajadas. Los dos nos reímos un rato antes de que yo tuviera que ir a encontrar al jefe del departamento de mantenimiento para que pudiera jalar el carrito fuera del estanque con un tractor. Más y más personas vinieron para ver el espectáculo y añadir sus observaciones graciosas y cuentos similares. Todos lo pasaban muy bien a costa mía, incluyéndome. Después de muchos años hay veces cuando alguien me dice, <<Oye, Chris, cuéntale a mi amigo sobre la vez que pusiste un carrito en el estanque.>>

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