Viajando a Ciegas

Actualmente mi esposa y yo viajamos con poca frecuencia a cualquier parte sin planear extensamente. Con meses de antelación a un viaje solemos arreglar los vuelos, el alquiler de coche, las alquileres de casas o reservaciones de hoteles e incluso las excursiones diarias. Mirando atrás en el tiempo, no siempre fue así. Hubo muchas ocasiones en las que me fui en búsqueda de aventura sin ningún pensamiento o sentido común.

Una vez, por ejemplo, mientras yo estaba en la escuela secundaria, un amigo, Don Russell, y yo decidimos dar un paseo en coche a la casa de sus parientes en Kentucky el fin de semana del Día de Acción de Gracias. Ni Don ni yo habíamos hecho nunca un viaje así sin nuestras familias y esto iba a ser una gran aventura. Don poseía un viejo Ford de los años cuarenta, que en la época de nuestro viaje, tenía solamente veinte años, más o menos. Salimos de nuestra ciudad natal el miércoles después de la escuela en camino a Kentucky y a la aventura. Pronto, después de cruzar la frontera de Ohio, encontramos la aventura en forma de copos de nieve. Los copos rápidamente comenzaban a llegar en cantidades más numerosas y el viento soplaba con mucha más fuerza. Nos encontrábamos en el medio de una tormenta de invierno. Pero a causa de que ninguno de los dos poseía ningún sentido común, continuábamos aventurándonos más profundamente en la tormenta. Los coches se empezaban a deslizar en la carretera. Yo podía ver una mirada nerviosa en el rostro de Don y así era exactamente como me sentía también. Estábamos cerca de treinta millas al norte de la ciudad de Dayton, Ohio, cuando el viejo Ford deslizó de la carretera interestatal 75 hacia una zanja. Afortunadamente había tanta nieve que el coche llegó confortablemente a pararse en una almohada de nieve y no hubo ningún daño. Recogimos nuestras pertenencias y anduvimos hacia una gasolinera no muy lejana. Allí cenamos carne seca, Hostess Twinkies, y soda de uva y esa noche nos dormimos en el suelo frío de la gasolinera. La mañana siguiente le pagamos a un granjero veinte dólares por remolcar el coche de la zanja y condujimos en coche de vuelta a Michigan. Nunca logramos llegar a Kentucky.

Entonces, varios años más tarde, mientras yo estaba trabajando en una fábrica de Ford durante un verano entre semestres universitarios, logré convencer a mi madre de que me ayudara a comprar una moto. Por supuesto debía ser una moto Triumph porque Bob Dylan lucía una camiseta de Triumph en la portada de su disco “Highway 61 Revisited.” Nunca había yo conducido una moto antes y en el primer día de tenerla, manejé chocando contra un bordillo de la calle mientras estaba tratando de evitar el tránsito que venía en rumbo opuesto. Se rompió el faro y nada más. Pues, unas semanas más tarde, en un momento de impetuosidad pura durante las altas horas de la noche, después de ver “The Tonight Show” con Johnny Carson, decidí visitar un amigo en el estado de Maine, a más de 800 millas de Detroit. Me subí en la moto y fui por las calles desiertas de Detroit hasta la autopista de Canadá y fue ahí cuando me di cuenta lo ventoso que era. Yo estaba pasando un camión grande y mientras me estaba moviendo delante de él, el viento casi me derribó. Tuve que inclinar la moto rápidamente hacia el viento para mantener el equilibrio. Una vez más, no permití que el sentido común interviniera y continué la aventura. Llegué a la casa de mi amigo diecisiete horas más tarde con un aspecto parecido a una rata ahogada.

La tercera vez que viajé a ciegas ocurrió después de completar mis años de servicio en el ejército y casi fue un momento de verdadera ceguera. Mi primera esposa, Kristine, y yo habíamos planeado un viaje en nuestro VW escarabajo a California. Nuestro plan era pasar mucho tiempo viajando por la costa de California, especialmente por el área cerca de Big Sur. Las playas, las vistas y la vida salvaje allí son espectaculares y queríamos sumergirnos en el sol y la cultura del gran estado de los hippies. Ya habíamos pasado por los estados del sudoeste y habíamos llegado a un lugar de camping cerca de San Diego. Pues, una mañana me desperté, fui afuera de nuestra tienda de camping, y todo se veía borroso. El ojo izquierdo estaba bien, pero no el ojo derecho. Pasé mucho tiempo cerrando un ojo y luego el otro comprobando la visión de cada uno. Por el ojo derecho, el mundo parecía como si yo estuviera mirando por una botella vacía de Coca Cola.

Después de hablar con mi esposa, decidimos llamar a mi hermano, Jim, un doctor que vivía en Denver, Colorado. Le dije a él lo que pasaba y hubo una pausa antes de que él me contara que él no quería que yo me preocupara, pero había una posibilidad de que tuviese un tumor cerebral. Preocupación, no. Pánico, sí. Jim me tranquilizó y me dijo que debíamos conducir en coche a Palo Alto donde estaba la Universidad de Stanford y vivía un amigo de Jim quien era doctor en oftalmología. Este hombre era capaz de realizar pruebas para acertar la gravedad de mi condición fatal.

Debido al tumor cerebral y la ceguera del ojo derecho, Kristine tuvo que conducir el coche la distancia entera a través de California. Mientras estábamos pasando más allá de Big Sur, todavía yo estaba cerrando un ojo y luego el otro, comprobando si había alguna mejoría. No tenía buena sino mala suerte y las cosas no mejoraron en Palo Alto. El amigo de Jim realizó pruebas y miró dentro de mis ojos con luces e instrumentos muy costosos, pero él no fue capaz de encontrar ningún problema. Todavía tenía el tumor.

El siguiente paso fue conducir en coche por Las Montañas Rocosas hasta Denver, dónde otro amigo de mi hermano podría ver dentro de mis ojos. Con este doctor estaba haciendo la prueba en que el paciente está viendo por lentes distintos a una tabla con números y letras de tamaños diferentes y le informé que yo era capaz de leer la tabla con una lente que era un múltiplo directo de la lente de mi ojo derecho. Descubrió que lo que pasó fue que, esa mañana en San Diego, antes de levantarme de mi saco de dormir, limpié mis anteojos. Pues, en esa época estaba usando anteojos circulares, las gafas de los hippies, y cuando yo estaba limpiándolos, giré la lente en el marco, empeorando mi habilidad de ver. El resultado fue que yo no tenía ningún tumor, pero estaba muy avergonzado y hoy en día todavía yo no he visto Big Sur.

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4 respuestas a Viajando a Ciegas

  1. Kevin dijo:

    Me gustan Los cuentos!

  2. marge pacer dijo:

    La historia es muy bien escrita. Me gusta mucho leer lo que escribes.

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